Lag BaÓmer es una de las festividades más difíciles de definir. Al rascar la superficie de las papas asadas y los malvaviscos, descubrimos que la historia familiar con la que crecimos es solo la punta del iceberg. Debajo se esconde una historia mucho más profunda sobre historia, pérdida, censura y sobre cómo un movimiento nacional decidió reescribir el pasado para construir el futuro.
La tradición aceptada cuenta que 24.000 estudiantes del Rabino Akiva murieron en una terrible plaga entre Pésaj y Shavuot porque “no se trataban con respeto”, y que en el día de Lag BaÓmer la plaga se detuvo. Al pensarlo, con la experiencia que tenemos hoy tras la pandemia de COVID, no me parecía lógico que una plaga se detuviera en un solo día; sabemos que las plagas simplemente no funcionan así. La investigación que realicé en internet reveló una realidad más compleja y trágica.
El Rabino Akiva no era solo un maestro espiritual; fue el líder ideológico que apoyó activamente la rebelión de Bar Kojba contra el Imperio Romano. Sus alumnos no eran simples estudiantes de la casa de estudio, sino probablemente combatientes en el ejército rebelde. No murieron de una enfermedad misteriosa, sino que cayeron en batallas sangrientas. Tras la represión de la revuelta y la cruel censura romana que prohibió mencionar la rebelión o cualquier expresión de independencia judía, los sabios del Talmud se vieron obligados a codificar la historia. “Plaga” se convirtió en una palabra clave para la muerte en combate, y la “falta de respeto” quizás insinuaba la división y las guerras internas que debilitaron a la nación. Lag BaÓmer, por lo tanto, probablemente marcaba un día de tregua en los combates o una victoria temporal.
Pero, ¿cómo se convirtió un día de conmemoración histórica o el fin del luto en una fiesta de grandes hogueras? Aquí entra la figura del Rabino Shimon bar Yojai (Rashbi), un sobreviviente de esa época de batallas y también un firme opositor al dominio romano, quien según la tradición se vio obligado a esconderse en una cueva durante 13 años. En el siglo XVI, los cabalistas de Safed provocaron una verdadera revolución. Establecieron que Lag BaÓmer es el aniversario del fallecimiento de Rashbi, y que en este día él reveló a sus discípulos los secretos místicos que se convirtieron en la base del Zohar. Dado que Rashbi pidió que el día de su muerte no fuera un día de llanto sino una “Hilulá” (una celebración de alegría y elevación espiritual), los cabalistas comenzaron a encender hogueras gigantes. El fuego no simbolizaba nada militar, sino la “gran luz” de la Torá oculta. Esta tradición creó efectivamente la infraestructura práctica de la festividad: las masas de Israel se acostumbraron a salir ese día y encender un gran fuego.
El movimiento sionista comprendió que para despertar a toda una nación, no se podía depender únicamente de un espíritu de victimismo, exilio o la espera pasiva de un milagro del cielo. Una sociedad que se reconstruye a sí misma necesita héroes de carne y hueso. Bar Kojba, el líder de la revuelta en la que lucharon el Rabino Akiva y sus alumnos (incluido Rashbi), fue elegido como el modelo del “Nuevo Judío”: el guerrero, el iniciador, el que toma su destino en sus propias manos.
El sionismo no inventó una nueva festividad, sino que rediseñó Lag BaÓmer, utilizando los símbolos existentes:
- El Fuego: En la tradición cabalista y en la Hilulá de Rashbi, el fuego simbolizaba la luz espiritual. El sionismo lo transformó en las fogatas de señales que los rebeldes encendían en las cimas de las montañas para avisarse mutuamente del estallido de la rebelión.
- El Arco y la Flecha: Una costumbre destinada originalmente a simbolizar la protección espiritual mística, adquirió un significado militar-militante y se convirtió en el símbolo del arma de los luchadores por la libertad.
Así, de ser una festividad que trataba sobre la mística y el fin de un período de luto, Lag BaÓmer se transformó en una fiesta de soberanía, heroísmo humano y la lucha por la independencia.
La historia de Lag BaÓmer nos enseña que la cultura no es un objeto arqueológico silencioso, sino un fenómeno vivo y que respira. No somos solo consumidores de historia, somos sus creadores. Nuestra capacidad para reinterpretar el pasado nos permite moldear nuestro presente.
Incluso hoy, en una realidad que a veces es compleja y desafiante, Lag BaÓmer es una oportunidad para preguntarnos: ¿Qué fuego elegimos encender? Ese fuego ya no tiene que ser la hoguera de la rebelión o una señal en una montaña, sino un fuego de acción y conexión. El verdadero poder se revela en nuestra capacidad de reunirnos y crear un significado compartido. Desde la voz clara que alzamos, el movimiento que generamos en nuestro entorno, las manos que actúan y crean, hasta la mirada y la confianza que brindamos a quienes nos rodean: todo esto en conjunto construye el entusiasmo que enciende a las comunidades y nos recuerda que la responsabilidad de nuestra historia siempre está en nuestras manos.